jueves, junio 15, 2017

Me desperté boca abajo esa mañana. Hubiera agujereado la cama si no fuera por el artefacto que mi mente diseñó en el mismo momento que me puse a pensar que... quizás... debería cambiar de posición: una boca entre las sábanas, abriéndose paso en el colchon y alimentada de la misma humedad que se escapó de mí.

Mi pierna entre las suyas, sintiendo cada borde de su entrepierna casi llegando a mi rodilla derecha. Ese aroma impregnándose en mi nariz como atravesando una cascada. El estar del otro lado te hace sentir seguro, escondido, a centímetros de la realidad pero inmerso.

Llevábamos días sin acabarnos. La última vez fue genial, no dejo de pensar en la causalidad.
Admito que en esos momentos lo intuía, que no me tomó de sorpresa.
De todas formas, la arrasadora realidad siempre es refrescante. Hay un cambio de estado y un paso nuevamente al arte de la guerra.

Nunca me gustó pelear, no le encontré el gusto a la sensación de que gane el más imbécil. Nunca me atrajo la victoria por ese lado. A nivel estratégico sí, de lo general a lo particular. Cuando el ambiente ya creó las características suficientes y se siente en el aire la humedad, cuando ya el desgaste apareció y aflora finalmente el núcleo de cada actor. Cuando los amortiguadores se gastan y se salen (generalmente enteros como vinieron de fábrica) todo empieza a tener más sentido.

El judo, la batalla cuerpo a cuerpo.

El que logra unificar toda su intensidad en el centro, y se siente capaz finalmente de cerrar los ojos y fluir. El que entiende la técnica a nivel ángulos y sabe que cada detalle aunque ínfimo es diferenciador.

No hay comentarios.: